Día 9 | Una paradoja en la Palabra de Dios Destacado

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En el día que temo, yo en ti confío. (Salmos 56:3, RV60)

MEDITACIÓN

Paradojas: “Separado” se escribe todo junto y “todo junto” se escribe separado. Nuestro bebé de dos años le dice “bebé” a su hermano de tres meses. Alguien resuelve la violencia con más violencia. El dormido que sueña que sueña. El que sufre y ríe al mismo tiempo. Las anteriores son cosas que podrían parecer graciosas o difíciles de comprender, sin embargo son realidades con las que nos encontramos. Algo semejante ocurre con la siguiente oración: mi temor precede mi decisión de confiar en Dios. Una paradoja es un dicho o hecho que parece contrario a la lógica. En la Palabra de Dios hay verdades tan poderosas (aun así parezcan paradójicas) que en una sola frase provocan un cambio de actitud pesimista a una optimista. Un ejemplo muy claro de ello es el Salmo 56:3 en el que encontramos que se habla de una situación de temor: “En el día que temo…”; pero ¿qué es lo que temo? En la vida hay una vasta cantidad de tipos de temor: temor al fracaso, a la muerte, a la soledad, a la pobreza, a uno mismo, a lo desconocido, ¡a tantas cosas! Los Salmos de la Biblia en innumerables ocasiones expresan eso que sentimos en nuestra alma, en nuestro corazón, pero que no sabíamos cómo decirlo. Al descubrir que esos dichos “sencillos” y cortos son muy reveladores al corazón, nos identificamos de inmediato con ellos y los convertimos en nuestra oración. El versículo 3 del Salmo 56 podría sonarnos como una gran paradoja, sin embargo, nos invita a comprender que, para quienes tenemos nuestra fe en Jesús, el temor no debería ser visto como otra cosa que no sea una introducción al beneficio de la confianza en Su fidelidad. Sin duda, ésta es una palabra poderosa para hacernos confiar en Aquél que puede hacer a nuestro favor mucho más allá de lo que pedimos o entendemos. ¡No dejemos pasar la oportunidad de cambiar nuestra visión pesimista a una optimista mediante la lectura, meditación y oración de los Salmos!

ORACIÓN

Padre eterno, te doy gracias por aquellas circunstancias que han causado temor en mí, pues, aunque no me agradan, me atraen a Ti, Jesús, en quien tengo plena confianza de que no seré avergonzado. Que Tu Espíritu de gracia me sostenga en plena certidumbre de fe. En Cristo Jesús, amén.

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